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domingo, 4 de diciembre de 2011

CINEMA PARADISO HA MUERTO

Cada año que pasa voy menos a las salas cinematográficas a ver una película.

Tampoco suelo buscarlas en Internet.

La calidad de visionado no suele ser muy buena y todavía creo que sí hay que pagar por ver una película, sobre todo si esta es de estreno.

Una aún cultiva, no sé por cuanto tiempo, el aprecio por el valor del trabajo ajeno.

El recurso que me queda es esperar a ver la película editada en dvd y entonces hacerme con ella.

La compra, el alquiler (sí confieso que aún me acerco al videoclub) o el préstamo bibliotecario suelen ser mis métodos habituales para no esperar a que una cadena de televisión la ofrezca.


Escena de la película "Cinema Paradiso", de Giuseppe Tornatore 1988
 
Según que cadena la dé, la opción es grabarla primero para eliminar las absurdas y abusivas pausas publicitarias en medio de la emisión.

Doy gracias por los aparatos de grabación  de dvd con disco duro en sus entrañas.

Ahora bien, sentarse en una sala oscura, cómoda, amplia, ventilada, con sonoridad adecuada y lejos de palomiteros y susurradores, no tiene parangón para disfrutar de una película de estreno.

Sólo pongo una pega. En nuestro país es ridículo el número de salas donde se puede disfrutar de versiones originales con las voces y el tono que dieron los actores a su interpretación.

Pero, bueno, lo anterior es una batalla perdida que no vamos a resucitar, sobre todo a raíz de poder elegir idioma en una buena TDT y las posibilidades del formato dvd.


SUFRIR VIENDO UNA PELÍCULA


Después de esta larga entrada, quiero contar lo que me sucedió el jueves pasado en un cine de la ciudad en la que vivo.

Fue una experiencia que me ha marcado profundamente porque, desgraciadamente, ha afianzado mi postura de no volver a un cine a no ser que mi necesidad de ver un estreno sea casi enfermiza.

Al entrar en la sala la sensación de que mis pies se pegaban al suelo según avanzaba hacia mi asiento era angustiosa.

Incluso podía oír el chaf que se producía al elevar la planta para volver a bajarla avanzando por el pasillo central.

Iba acompañada por tres personas más y todas sufrimos la misma y desagradable sensación. Aquel suelo estaba grasiento, poco higiénico.

Elegir una butaca en buenas condiciones y conseguir estar los cuatro en la misma fila fue otro delirante hándicap.

Cuando por fin se apagan las luces y se inicia la película la sensación que me invadió fue de "¿he perdido la vista?".

La escena que se desarrollaba en la pantalla estaba fuera de foco.

¡Qué alivio para mi visita al oftalmólogo! ¡No era mi vista la que estaba mal!

¡Qué desastre de pase! Toda la película, que era de fotografía muy oscura, se ofreció sin enfocar correctamente.

Escena de la película "Cinema Paradiso", de Giuseppe Tornatore 1988

Hubo sus más o menos murmullos, sus más o menos protestas, pero ir a buscar al proyeccionista era una aventura baldía e imposible. Así que ajo y agua.

La misma persona que nos había cogido las entradas se encargaba de correr a las varias salas del cine y poner en marcha las películas a su hora, para volver a la entrada.

Siento parecer exagerada, pero desconocía este nuevo ataque al mundo del trabajo, este nuevo relajo y bajón de calidad en la esfera cultural.

Nadie controla la emisión de una película en el cine.

O consigues que se produzca un motín, salir de la sala en tropel, ir a buscar al único empleado y lograr que el foco esté en su posición, o te callas y aguantas viendo una película de dos horas con la sensación de media dioptría en cada ojo.

Porque, no vaya a ser que por protestar despidan al único empleado y ocasiones un drama no fílmico y sí real.

Ahora pienso y no me extraña que en la sala fuéramos menos de cuarenta personas.

¿Cuántos de esos espectadores no habrán salido de ver esa película con la misma sensación y la misma resolución que me han invadido a mí?

O recuperamos al entrañable proyeccionista de la película de Giuseppe Tornatore o el visionado colectivo de una película morirá sin remedio. 

La película "Cinema Paradiso" se desarrolla en tiempos de crisis, después de la Segunda Guerra Mundial en Italia, y trata con cariño de los sentimientos que la asistencia al cine producía en los espectadores.

Unos clientes cinematográficos que exigían buen producto técnico y buena calidad en el servicio. Algo que hoy en día hemos perdido porque cada vez más nos acostumbramos a lo barato o lo gratis sin calidad ni confianza, al consumo por el consumo.



¡Qué bonito sería consumir menos, fijarnos en el precio sí, porque no siempre podemos pagar lo mejor, pero mirar las etiquetas, las procedencias y la calidad, renunciando a los productos no imprescindibles si estos no cumplen con un mínimo!

Quizás así contribuyamos a recuperar nuestra economía y el cine con mayúsculas en particular.