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sábado, 17 de diciembre de 2011

LIBERTAD DE EXPRESIÓN NO ES DIFAMACIÓN

"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión." Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.



Hoy no es el día de la libertad de expresión. Lo es el 3 de mayo de cada año desde 1993 y se le nombra como de la libertad de prensa.

El de expresión me gusta más y creo que abarca un campo mayor y que implica a toda la humanidad, sin menosprecio ni quitar un ápice a los profesionales que a diario hacen de este derecho una obligación personal.

Me parece una pena que no se instaure este derecho como de obligada celebración siete días a la semana, veinticuatro horas al día.

Nuestro estómago nos pide recargarlo cada ciertas horas de productos más o menos adecuados.

Nuestro cerebro necesita atrapar ideas en cualquier vuelo para mantenerse vivo.

Nuestra alma, nuestros sentimientos y todo aquello que nos hace diferentes a cualquier otro ser humano sólo necesita que se respete el libre albedrío no dañino. Que se respete siempre en todo momento y lugar nuestro derecho a expresarnos, a decir, a manifestar lo que opinamos.

Decir, hacer, vivir, pensar, sentir, amar, gustar... como a uno le dé la gana son acciones tan precarias, están tan atacadas y se les tiene tan poco protegidas que asusta.

En cualquier momento de nuestras vidas sentimos la imperiosa necesidad de abrir la boca, no para comer o beber, no para besar o escupir, sino para emitir un juicio, una observación o una simple bronca ante un tema que nos ha tocado en lo profundo.

También está el lápiz, el ratón del ordenador o las teclas ocultas de la tablet para atizar sin cansarnos y dejar bien claro qué opinamos, qué nos mueve a expresar el asunto más peregrino o la idea más importante del momento.

Descubrir que este derecho es un imposible no cuesta nada. A veces nuestro sexo o la insignia del equipo de fútbol nos delata y nos hace saber que la barrera está puesta y que debemos cerrar la boca y callar los teclados para no meternos en líos peregrinos y, muchas veces, peligrosos.

El simple hecho de no molestarnos en entender al otro, sobre todo cuando, aparentemente, habla el mismo idioma que nosotros, pero lo hace con un acento marcado que, por desacostumbrado rechazamos de inmediato, ocasiona un estúpido malentendido que puede dar lugar a que la sangre llegue al charco más próximo.



En absoluto estoy hablando de tiempos pretéritos, me refiero a esta época y a sus nuevas tecnologías y comunicaciones.

En el ámbito de Internet, accesible ya desde cualquier punto y en cualquier situación, podemos emitir juicios, insultos, diatribas, maledicencias con una facilidad y un anonimato impensable hace unos años.

A esto no se le debe llamar libertad de expresión, hay que retomar su verdadera definición y llamarlo difamación, mentira o calumnia.

Al paso que vamos, si no nos creemos con las agallas suficientes para tomar la palabra, molestándonos en elaborar el pensamiento para traducirlo adecuadamente a las pulsaciones necesarias en las entradas de cada sistema de comunicación, vamos a encontrarnos con páginas de intercambio de información atacadas y cerradas.

¡Uy!, dirán algunos, pero si esta entrada parece que defiende el control de la red.

Si es así, diré que no se me ha entendido, porque precisamente lo que quiero decir es que si no aprendemos a usar bien los medios, quizás el coche se bloquee y para volver a ponerlo en marcha nos encontremos con que las llaves nos las dan sólo si a papá controlador general le apetece.

Defendamos la libertad de expresión expresándonos cómo queramos, pero sabiendo y siendo conscientes de que la difamación (comunicación falsa sobre alguien) y los libelos (difamación escrita, por Internet, por publicaciones o por material visual)  no son libertad de expresión, sino delito.

Google, el santo patrón de los buscadores de la web ha sido condenado por este delito. Sólo por entenderse que el nombre de una persona puede estar vinculado a términos que le desprestigien se puede considerar y condenar por delito de difamación.


En conclusión, armémonos de valor para volvernos guardianes de nuestra propia libertad de expresión y la de los demás, no fomentando la impunidad y el descrédito, porque seguro que cualquier día éste llamará a nuestra puerta y, si no nos mostramos firmes, nos hundirá.

Además, para qué entrar en polémica con los sicarios del delito, dejemos morir en el espacio internáutico la mendacidad.



"Buenas noches y buena suerte", 2005, dirigida por George Clooney .Una buena escena de una buena película sobre el buen periodismo, la censura, lo políticamente correcto y otros asuntos de libertad de expresión.