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domingo, 18 de diciembre de 2011

LA PEREGRINA DESCONOCE LA CRISIS

Una persona anónima se adjudicó la perla denominada La Peregrina por 9 millones de euros (9.000.000 €). Tres veces más de lo que pensaban obtener al inicio de la subasta.

La sala que Christie's tiene en New York reunió un granado número de multimillonarios dispuestos a poseer lujo, belleza y glamour por muchos ceros a la derecha.
 
La Peregrina montada en el collar
que perteneció a la actriz Elizabeth Taylor.
 AFP PHOTO/Stan HONDA

Fue tal la expectación que se generó en esta convocatoria que Christie's tuvo que limitar el aforo con la imposición de una línea de crédito de 100.000 $. Una entrada sólo al alcance de unos pocos.

El éxito se mide por el dinero  recaudado y en este caso éste ha sido desbordante.

En plena crisis mundial, el lujo sigue despuntando como valor seguro.

Cuando sólo se habían vendido menos de la mitad de los lotes, la subasta superaba los 42 millones de euros.

¿Despilfarro, prepotencia, capricho?


¡Quién sabe qué ha movido a adquirir la joya y para qué!

Como señalaba una entrada anterior de este mismo blog, buena parte de los ingresos obtenidos pasarán a los fondos del The Elizabeth Taylor AIDS Foundation, la organización que Elizabeth Taylor fundó en 1991 para luchar contra el sida.


Los destinatarios del dinero tienen que estar pensando que los Reyes Magos no vienen de Oriente, sino desde el número 20 de Rockefeller Plaza en Manhattan.


sábado, 17 de diciembre de 2011

LIBERTAD DE EXPRESIÓN NO ES DIFAMACIÓN

"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión." Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.



Hoy no es el día de la libertad de expresión. Lo es el 3 de mayo de cada año desde 1993 y se le nombra como de la libertad de prensa.

El de expresión me gusta más y creo que abarca un campo mayor y que implica a toda la humanidad, sin menosprecio ni quitar un ápice a los profesionales que a diario hacen de este derecho una obligación personal.

Me parece una pena que no se instaure este derecho como de obligada celebración siete días a la semana, veinticuatro horas al día.

Nuestro estómago nos pide recargarlo cada ciertas horas de productos más o menos adecuados.

Nuestro cerebro necesita atrapar ideas en cualquier vuelo para mantenerse vivo.

Nuestra alma, nuestros sentimientos y todo aquello que nos hace diferentes a cualquier otro ser humano sólo necesita que se respete el libre albedrío no dañino. Que se respete siempre en todo momento y lugar nuestro derecho a expresarnos, a decir, a manifestar lo que opinamos.

Decir, hacer, vivir, pensar, sentir, amar, gustar... como a uno le dé la gana son acciones tan precarias, están tan atacadas y se les tiene tan poco protegidas que asusta.

En cualquier momento de nuestras vidas sentimos la imperiosa necesidad de abrir la boca, no para comer o beber, no para besar o escupir, sino para emitir un juicio, una observación o una simple bronca ante un tema que nos ha tocado en lo profundo.

También está el lápiz, el ratón del ordenador o las teclas ocultas de la tablet para atizar sin cansarnos y dejar bien claro qué opinamos, qué nos mueve a expresar el asunto más peregrino o la idea más importante del momento.

Descubrir que este derecho es un imposible no cuesta nada. A veces nuestro sexo o la insignia del equipo de fútbol nos delata y nos hace saber que la barrera está puesta y que debemos cerrar la boca y callar los teclados para no meternos en líos peregrinos y, muchas veces, peligrosos.

El simple hecho de no molestarnos en entender al otro, sobre todo cuando, aparentemente, habla el mismo idioma que nosotros, pero lo hace con un acento marcado que, por desacostumbrado rechazamos de inmediato, ocasiona un estúpido malentendido que puede dar lugar a que la sangre llegue al charco más próximo.



En absoluto estoy hablando de tiempos pretéritos, me refiero a esta época y a sus nuevas tecnologías y comunicaciones.

En el ámbito de Internet, accesible ya desde cualquier punto y en cualquier situación, podemos emitir juicios, insultos, diatribas, maledicencias con una facilidad y un anonimato impensable hace unos años.

A esto no se le debe llamar libertad de expresión, hay que retomar su verdadera definición y llamarlo difamación, mentira o calumnia.

Al paso que vamos, si no nos creemos con las agallas suficientes para tomar la palabra, molestándonos en elaborar el pensamiento para traducirlo adecuadamente a las pulsaciones necesarias en las entradas de cada sistema de comunicación, vamos a encontrarnos con páginas de intercambio de información atacadas y cerradas.

¡Uy!, dirán algunos, pero si esta entrada parece que defiende el control de la red.

Si es así, diré que no se me ha entendido, porque precisamente lo que quiero decir es que si no aprendemos a usar bien los medios, quizás el coche se bloquee y para volver a ponerlo en marcha nos encontremos con que las llaves nos las dan sólo si a papá controlador general le apetece.

Defendamos la libertad de expresión expresándonos cómo queramos, pero sabiendo y siendo conscientes de que la difamación (comunicación falsa sobre alguien) y los libelos (difamación escrita, por Internet, por publicaciones o por material visual)  no son libertad de expresión, sino delito.

Google, el santo patrón de los buscadores de la web ha sido condenado por este delito. Sólo por entenderse que el nombre de una persona puede estar vinculado a términos que le desprestigien se puede considerar y condenar por delito de difamación.


En conclusión, armémonos de valor para volvernos guardianes de nuestra propia libertad de expresión y la de los demás, no fomentando la impunidad y el descrédito, porque seguro que cualquier día éste llamará a nuestra puerta y, si no nos mostramos firmes, nos hundirá.

Además, para qué entrar en polémica con los sicarios del delito, dejemos morir en el espacio internáutico la mendacidad.



"Buenas noches y buena suerte", 2005, dirigida por George Clooney .Una buena escena de una buena película sobre el buen periodismo, la censura, lo políticamente correcto y otros asuntos de libertad de expresión.









sábado, 10 de diciembre de 2011

KIRK DOUGLAS: UN SUPERVIVIENTE DE LUJO


K. D. en "El loco del pelo rojo" como Van Gogh
Ayer, Van Gogh, Espartaco, el boxeador Midge Kelly, Ulises, el Coronel Dax o el vikingo Einar cumplieron todos al tiempo 95 años en la persona de Issur Danielovitch Demslky.

Decirlo así puede sonar enrevesado, pero simplificarlo al nombre artístico de Issur es revelador y seguro que evocador.

Empecemos de nuevo. 

Ayer, 9 de diciembre celebró su cumpleaños Kirk Douglas acompañado de su característico hueco en la barbilla que tanta tinta ha hecho correr.

K.D. entregando un Oscar a Melissa Leo este año.
Es uno de los últimos mitos del gran cine clásico de Hollywood que sigue vivo y en activo.

A pesar de haber tenido algún que otro achaque importante, Kirk Douglas ha sabido salir adelante, plantarle cara a la vida y, a pesar de los problemas que han rodeado a sus hijos (cáncer del que se ha recuperado Michael Douglas, muerte prematura de su hijo pequeño Eric en 2004) o los problemas con la ley de su nieto Cameron (por quien llegó a pedir clemencia al juez el año pasado) sigue apareciendo en público con una sonrisa socarrona y un aire de estrella que ya no se sabe ejercer.


El Coronel Dax en pleno consejo de guerra en "Senderos de Gloria"
Aunque  nunca ha sido uno de mis actores favoritos, sí merece una entrada en mi blog por estar aún vivo y porque su carrera está plagada de títulos indiscutibles que cualquier amante del cine ha buscado o se ha encontrado para deleitarse con su interpretación.


Kirk Douglas ha sido siempre un hombre fibroso, no muy alto, 1'75 m., con unas características faciales reconocibles en cualquiera de sus interpretaciones y una voz grave muy personal.
 
En "El ídolo de barro", dando vida
 al boxeador Midge Kelly

Su juventud se caracterizó por sus públicos flirteos que se llevaron por delante su primer matrimonio con Diana Douglas (madre de Michael y de Joel ) y una madurez sin escándalos sentimentales vivida hasta el momento actual y desde 1954 junto a su segunda mujer Anne Buydens (madre de Peter y Eric).


Judío reconocido de origen ruso, tiene a gala haber celebrado su Bar Mitzvah dos veces, la primera cuando cumplió 13 años, como es preceptivo, y la segunda 70 años después.

Trabajó con directores de la talla de Milestone, Mankiewicz, Curtiz, Wyler, Hathaway, Minnelli... y con  Kubrick.


Con este último, aparte de la aclamada "Senderos de Gloria" se embarcó en la polémica "Espartaco", donde fue tal la disputa del Douglas actor y productor  con el personalísimo Kubrick, que Douglas acabó casi por despedir a Kubrick y terminó él dirigiendo la película en la sombra.


K.D. como el gladiador y líder Espartaco

Kubrick siempre renegó de esta película, que fue la que le lanzó a la fama, pero que también fue la que menos dominó.

Genio y figura hasta la sepultura es lo que, afortunadamente, nos espera de este peculiar actor neoyorkino que se resiste a ser un simple recuerdo de cumpleaños y que, de vez en cuando, sigue asomándose por las alfombras rojas luciendo su smoking correspondiente y dejándose acompañar por su inquietante sonrisa.


Pero, como último recuerdo de este nonagenario actor, quiero dejar la primera imagen que tengo de él en mi retina.


El aventurero, sanguinario y castigado Einar de  "Los vikingos". Esa película épica y clásica donde las haya dirigida en 1958 por Richard Freiser.


Einar-Kirk Douglas, todo odio, venganza y disfrute en un banquete vikingo.




Nota: Todas las fotos incluidas en esta entrada son de la web.

domingo, 4 de diciembre de 2011

CINEMA PARADISO HA MUERTO

Cada año que pasa voy menos a las salas cinematográficas a ver una película.

Tampoco suelo buscarlas en Internet.

La calidad de visionado no suele ser muy buena y todavía creo que sí hay que pagar por ver una película, sobre todo si esta es de estreno.

Una aún cultiva, no sé por cuanto tiempo, el aprecio por el valor del trabajo ajeno.

El recurso que me queda es esperar a ver la película editada en dvd y entonces hacerme con ella.

La compra, el alquiler (sí confieso que aún me acerco al videoclub) o el préstamo bibliotecario suelen ser mis métodos habituales para no esperar a que una cadena de televisión la ofrezca.


Escena de la película "Cinema Paradiso", de Giuseppe Tornatore 1988
 
Según que cadena la dé, la opción es grabarla primero para eliminar las absurdas y abusivas pausas publicitarias en medio de la emisión.

Doy gracias por los aparatos de grabación  de dvd con disco duro en sus entrañas.

Ahora bien, sentarse en una sala oscura, cómoda, amplia, ventilada, con sonoridad adecuada y lejos de palomiteros y susurradores, no tiene parangón para disfrutar de una película de estreno.

Sólo pongo una pega. En nuestro país es ridículo el número de salas donde se puede disfrutar de versiones originales con las voces y el tono que dieron los actores a su interpretación.

Pero, bueno, lo anterior es una batalla perdida que no vamos a resucitar, sobre todo a raíz de poder elegir idioma en una buena TDT y las posibilidades del formato dvd.


SUFRIR VIENDO UNA PELÍCULA


Después de esta larga entrada, quiero contar lo que me sucedió el jueves pasado en un cine de la ciudad en la que vivo.

Fue una experiencia que me ha marcado profundamente porque, desgraciadamente, ha afianzado mi postura de no volver a un cine a no ser que mi necesidad de ver un estreno sea casi enfermiza.

Al entrar en la sala la sensación de que mis pies se pegaban al suelo según avanzaba hacia mi asiento era angustiosa.

Incluso podía oír el chaf que se producía al elevar la planta para volver a bajarla avanzando por el pasillo central.

Iba acompañada por tres personas más y todas sufrimos la misma y desagradable sensación. Aquel suelo estaba grasiento, poco higiénico.

Elegir una butaca en buenas condiciones y conseguir estar los cuatro en la misma fila fue otro delirante hándicap.

Cuando por fin se apagan las luces y se inicia la película la sensación que me invadió fue de "¿he perdido la vista?".

La escena que se desarrollaba en la pantalla estaba fuera de foco.

¡Qué alivio para mi visita al oftalmólogo! ¡No era mi vista la que estaba mal!

¡Qué desastre de pase! Toda la película, que era de fotografía muy oscura, se ofreció sin enfocar correctamente.

Escena de la película "Cinema Paradiso", de Giuseppe Tornatore 1988

Hubo sus más o menos murmullos, sus más o menos protestas, pero ir a buscar al proyeccionista era una aventura baldía e imposible. Así que ajo y agua.

La misma persona que nos había cogido las entradas se encargaba de correr a las varias salas del cine y poner en marcha las películas a su hora, para volver a la entrada.

Siento parecer exagerada, pero desconocía este nuevo ataque al mundo del trabajo, este nuevo relajo y bajón de calidad en la esfera cultural.

Nadie controla la emisión de una película en el cine.

O consigues que se produzca un motín, salir de la sala en tropel, ir a buscar al único empleado y lograr que el foco esté en su posición, o te callas y aguantas viendo una película de dos horas con la sensación de media dioptría en cada ojo.

Porque, no vaya a ser que por protestar despidan al único empleado y ocasiones un drama no fílmico y sí real.

Ahora pienso y no me extraña que en la sala fuéramos menos de cuarenta personas.

¿Cuántos de esos espectadores no habrán salido de ver esa película con la misma sensación y la misma resolución que me han invadido a mí?

O recuperamos al entrañable proyeccionista de la película de Giuseppe Tornatore o el visionado colectivo de una película morirá sin remedio. 

La película "Cinema Paradiso" se desarrolla en tiempos de crisis, después de la Segunda Guerra Mundial en Italia, y trata con cariño de los sentimientos que la asistencia al cine producía en los espectadores.

Unos clientes cinematográficos que exigían buen producto técnico y buena calidad en el servicio. Algo que hoy en día hemos perdido porque cada vez más nos acostumbramos a lo barato o lo gratis sin calidad ni confianza, al consumo por el consumo.



¡Qué bonito sería consumir menos, fijarnos en el precio sí, porque no siempre podemos pagar lo mejor, pero mirar las etiquetas, las procedencias y la calidad, renunciando a los productos no imprescindibles si estos no cumplen con un mínimo!

Quizás así contribuyamos a recuperar nuestra economía y el cine con mayúsculas en particular.


jueves, 1 de diciembre de 2011

CITA EN EL CINE CON JANE EYRE

Diciembre se estrena en los cines de España  con la nueva versión del clásico más conocido de Charlotte Brontë, “Jane Eyre”.

Realizada por el californiano de 34 años, Cary Fukunaga, e interpretada, entre otros, por Mia Wasikowska ("Alicia en el país de las Maravillas"), Michael Fassbender ("Un método peligroso", "Shame"), Jamie Bell ("La legión del águila", "Las aventuras de Tintín"), y Dame Judi Dench (ganadora de un Oscar por "Shakespeare in love").


Foto de Jane Eyre (Jane Eyre)
M. Fassbender y M. Wasikowska

Desde la primera vez que se llevó a la pantalla, en 1910 (según IMDB), han sido más de veinte las veces que se ha adaptado tanto para el cine, como para la televisión.


Foto de Jane Eyre (Jane Eyre)
M. Wasikowska y J. Bell
¿Qué tiene esta novela decimonónica para que periódicamente interese y mueva recursos económicos para intentar mostrar su esencia?

La historia es muy simple y vio la luz en 1847, hace ya 164 años.


Una institutriz joven, Jane Eyre, inicia su carrera profesional en una casa solariega con habitante escondido en una inquietante torre.


La protagonista que da título a la obra, se ha criado, educado y endurecido en el terrible colegio de Lowood donde fue abandonada por su tía política.


Foto de Jane Eyre (Jane Eyre)
M. Wasikowska-Jane Eyre

Huérfana desde los 10 años, consigue su primer empleo gracias a anunciarse como institutriz privada.

Una mujer “echada para adelante” sin duda,  pero sin griterío ni aspaviento, sin pisadas sonoras, más bien como un “ratoncito” observador y silencioso, "oscura y pobre" como se define a sí misma en la obra de Brontë.

Pronto recibe una contestación y se convierte en la profesora de una jovencita francesa que está acogida en la misteriosa y fascinante mansión de Thornfield.
 
Foto de Jane Eyre (Jane Eyre)
Judi Dench

Anunciarse a sí misma como demandante de empleo, en la primera mitad del siglo XIX, ser una mujer sin familia que la respalde, con una pobreza económica constante, un espíritu firme y una inteligente adaptación a cualquier nuevo reto que se le presente son los rasgos más acusados de la personalidad de Jane Eyre.

Esta mujer, que se viste de gris y asiste en la sombra a las luminosas y ricas reuniones que tienen lugar en los salones de la mansión, responde sin miedo y sin palabras políticamente correcta a las invectivas del Sr. Rochester (su empleador y dueño de Thornfield).

Es tal el impacto de Jane Eyre en la vida de los habitantes de la casa que da lugar a nuevas esperanzas que se ven derribadas por misteriosas realidades que al salir a la luz ocasionan un drama difícil de superar.

De las versiones que se han hecho hasta ahora me gustaría destacar las que más me han gustado y las que recomendaría sin duda para visionar:

La que dirigió Robert Stevenson en 1944 con Joan Fontaine dando la réplica a Orson Welles. Por la fuerza y la oscuridad que da Welles a su señor Rochester.



La coproducción televisiva británico-estadounidense que Delbert Mann dirigió en 1970 con George C. Scott y Susannah York. Con uno de los Rochester de gesto más frío y adusto.



La que Sussana White realizó para la BBC  en 2006 es una buena elección para aproximarse por primera vez a esta obra. Tanto el hijo de la insigne actriz británica Dame Maggie Smith, Toby Stephens como Ruth Wilson compusieron unos personajes muy creíbles y consiguieron eclipsar actuaciones anteriores. Igualmente, los escenarios y la posibilidad de desarrollar la historia durante casi cuatro horas hicieron posible una mayor fidelidad.



Esta semana no nos perderemos la nueva versión.



La historia de Charlotte Brontë sigue vigente porque, mientras haya una mujer que consigue mantenerse firme e independiente en sus decisiones, las Janeeyritas de hoy en día seguirán mirando a sus jefes y a sus amores no con caída y subida de ojos, sino de frente y sin parpadear como la creación decimonónica que hoy vuelve a ser recordada.