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sábado, 1 de diciembre de 2012

SIRI HUSTVEDT NOS PROPONE "EL VERANO SIN HOMBRES".


En estos días del otoño cada vez más invernal apetece refugiarse en ese sillón orejero con reposapiés que habita una esquina bien iluminada del salón de la casa.

Antes de organizar el entorno, escudriñaremos las estanterías del estudio para alcanzar ese libro aparcado desde que lo compramos en la última Feria del Libro o desde que nos lo  regalaron por nuestro cumpleaños.

Elegida la monografía, tenemos tiempo de poner el calentador azul de agua en la vitrocerámica y mientras se calienta el transparente líquido decidiremos cuál de las teteras nos acompañará el par de horas que hemos decidido dedicar a la lectura.

La que vino desde Chelsea, desde la tienda de Whittart va a tener el honor de recibir un par de cucharadas de Assam.     
Ponemos la medida justa en la tetera y, cuando el hervidor anuncia con su soplido vaporoso que el agua está a punto, la añadimos con parsimonia y cuidado.

Tapamos el brebaje y lo disponemos en la bandeja junto a la taza y un platito de “gallettes” bretonas.

Hoy no nos apetecen sándwiches de pepino, queso o jamón; bastará el dulce para acompañar este inicio de lectura.



El libro elegido es   “El verano sin hombres”    (The Summer Without Men)     de SIRI HUSTVEDT,    editado este año por la Editorial Anagrama,   con traducción de Cecilia Ceriani, quien ya puso en español, de la misma autora y para la misma editorial, "Elegía de un americano".










Hustvedt es un apellido que prefiero aprender a escribir antes de intentar siquiera pronunciar. Es el apellido de una autora estadounidense, de origen noruego, que merece un  respeto por dos razones:

  1. Una, en mi opinión extremadamente importante, haber superado a su imponente marido, el escritor Paul Auster, en claridad e interés literario.
  2. La otra, apreciar con qué delicadeza, tacto y profundidad  aborda el tema que trata esta breve pero completa narración.

A lo largo de las poco más de 200 páginas del libro, SIRI HUSTVEDT explica el choque brutal que supone para una mujer de mediana edad, Mia Fredricksen, ver cómo su marido durante casi treinta años, Boris Izcovich, la abandona de la noche a la mañana por una "pausa" francesa o, en otras palabras, una compañera del laboratorio universitario en el que trabaja.

Del socavón que se instala en el cuerpo y en el cerebro de Mia tiene que salir ella misma afrontando la realidad en un mal momento del año: el verano.

Una estación que para una profesora universitaria como Mia supone quedarse con varios meses de libertad justo cuando le acaban de tirar encima un jarro de agua fría sobre el hielo en que se ha convertido su ser.

En El verano sin hombres” la protagonista relata en primera persona, además de los sentimientos sobrevenidos tras el inesperado varapalo que le asesta su, hasta entonces, íntegro esposo, cómo consigue encontrar palabras y acciones que le ayuden a revivir y volver a sentir algo más que vacío.

Gracias al reencuentro con los espacios de su niñez y con el aliento de su anciana madre y las amigas de ésta, todas ellas residentes en un aséptico geriátrico, Mia consigue volver a una cierta normalidad cuando el verano va dando paso al otoño. Un símil poético de su edad cronológica.

Será en esa fase final de la canícula cuando se resuelva el lío que el desconcertado y desconcertante marido ha ocasionado. Conclusión que no seré yo quien revele aquí, sino que seguro que si toman el libro en su manos querrán descubrir por sí mismos.

El verano sin hombres” es un libro amable, de fácil lectura para dos o tres tardes “dejados de caer” en el sillón más cómodo de la casa. Una historia sencilla que hace reflexionar en profundidad, pero sin dureza, sobre el compromiso, la andropausia y la fuerza que una mujer despechada sabe sacar desde el infierno más inconcebible.

Una historia que sólo disgustará a quienes desprecien cumplir con las obligaciones contraídas e implicarse al máximo en  proyectos de largo recorrido.

Una historia feminista, femenina e independiente, como creo que es su autora.