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jueves, 20 de noviembre de 2014

TEMPUS FUGIT


El tiempo, ese concepto y esa medida.

Una excusa para clasificar a las personas por cómo lo emplean.

Están las que lo aprovechan (grandes investigadores) , las que lo desprecian (nihilistas con empeño, ninis ahora), las que lo anhelan (enfermos terminales), las que lo viven (optimistas de toda índole), las que lo cuidan (educados para sí y para los demás) y, además de otros muchos encasillados, están los que lo pierden y lo hacen perder al resto.

De estos últimos sufrí ayer mismo una inadecuada dosis que aún me tiene perpleja.

El dicho archiconocido de 'el tiempo es oro' no sólo se refiere a aquel programa de RTVE que durante 5 años nos deleitó el ídem, también supone una valoración del mismo que muchas veces no sabe apreciarse.

Si el oro es el metal que más especulación tiene en los mercados financieros, el tiempo es un activo que, con el paso del mismo, empieza a incrementar su valor de forma exponencial.

El tiempo que una reunión debe tener...
que un acto protocolario debe medir al segundo...
que una conferencia, presentación de libro o agradecimiento público de un premio tienen que ajustar...
ha de encajar de forma que nunca nos lamentemos porque se perdió.
 


Ayer fui, muy interesada, a la presentación de un libro en un acto público que convocó a la gente suficiente para abarrotar la sala donde se desarrollaba.

Por desgracia, quien tenía a su cargo la presentación del autor del libro olvidó u obvió el concepto tiempo y, literalmente, 'lo fastidió'.








Soy deudora de quienes en mi familia y en mi enseñanza me impusieron un educativo aprecio por ajustar el tiempo a las circunstancias y, sobre todo, por valorar al máximo mi tiempo y el de los demás.

Por eso, cuando asisto a un descontrol sobre el tiempo sé que asisto a un acto de mala educación.

Cuando, como ayer sucedió, un acto que se iniciaba puntualmente a las 19:30 para que tres personas introdujeran al autor de un libro llegó a las 20:20 sin que éste hubiera tomado la palabra,  consiguió que me fuera sin esperar a que el presentador terminara su interminable intervención.


¿Cuánto tiempo dejó el secundario para que la estrella centrara el acto?

Cualquier respuesta a esta pregunta debería tener en cuenta que aún quedaba por intervenir un invitado a presentarlo, con lo cual, el resultado iba a ser una pérdida de tiempo que no podía asumir.


Mi tiempo ya lo sé limitado, preciado y poco dado a su menoscabo.

El tiempo de los demás para mí tiene las mismas consideraciones anteriores.Ojalá no tenga que volver a irme de un acto porque éste derive en una 'fuga del tiempo'.